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En los últimos años, la microbiota intestinal ha pasado de ser un tema desconocido a ocupar un lugar destacado en la investigación médica y neurocientífica. La idea de que miles de millones de bacterias conviven en nuestro intestino y desempeñan funciones clave para la salud ya no es nueva, pero su relación con trastornos del neurodesarrollo como el autismo sigue despertando preguntas, expectativas y, a veces, confusión.

¿Qué es la microbiota intestinal y por qué es relevante?

La microbiota intestinal es el conjunto de microorganismos —principalmente bacterias, pero también hongos y virus— que viven en el tubo digestivo, especialmente en el colon. Lejos de ser un simple “acompañante” de la digestión, este ecosistema participa en funciones vitales: ayuda a descomponer nutrientes, fortalece la barrera intestinal, modula la respuesta inmunitaria y mantiene la inflamación bajo control. Además, se comunica con el sistema nervioso central a través de lo que se conoce como el eje intestino-cerebro (Mayer et al., 2015).

En la infancia, la microbiota es especialmente sensible y moldeable. Factores como el tipo de parto (vaginal o cesárea), la lactancia, la introducción de alimentos, la exposición a antibióticos y el estilo de vida influyen en su composición y diversidad (Sharon et al., 2019). Alteraciones o desequilibrios en esta comunidad microbiana se han relacionado con diversas enfermedades digestivas, metabólicas y, cada vez más, neurológicas.

Microbiota y autismo: hallazgos clave de la investigación

Uno de los hallazgos más consistentes de la literatura es que muchos niños con TEA presentan alteraciones específicas en su microbiota intestinal. Una revisión sistemática reciente que recopiló 44 estudios realizados entre 2000 y 2022 concluyó que existe un patrón recurrente: los niños con autismo tienden a mostrar un aumento de bacterias del grupo Firmicutes y Proteobacteria, junto con una disminución de Bacteroidetes, en comparación con niños neurotípicos (Li et al., 2024).

Esta composición alterada se asocia a una mayor prevalencia de problemas digestivos, como estreñimiento crónico, dolor abdominal o diarrea. No en vano, se estima que entre un 50 y un 70 % de los niños con TEA experimentan molestias gastrointestinales recurrentes (Critchfield et al., 2024).

Un avance importante en esta línea de investigación es el potencial de la microbiota como biomarcador complementario. Sordillo et al. (2023) analizaron muestras fecales de 223 niños (125 con TEA y 98 neurotípicos) y lograron diferenciar ambos grupos con un 75 % de precisión únicamente a partir del perfil bacteriano. Aunque no sustituye a un diagnóstico clínico, abre la puerta a explorar métodos de apoyo para la detección temprana.

¿Qué ocurre cuando se modifica la microbiota?

Otro aspecto interesante es si intervenir la microbiota puede producir mejoras en los síntomas del autismo. En este sentido, los ensayos con probióticos y trasplantes fecales han generado resultados alentadores, aunque todavía preliminares.

Kang et al. (2019) llevaron a cabo un estudio pionero de trasplante de microbiota fecal (FMT, por sus siglas en inglés) con un pequeño grupo de niños con autismo y problemas digestivos severos. Los resultados mostraron mejoras significativas en los síntomas gastrointestinales, pero lo más relevante es que también se observaron cambios positivos en la conducta, como mejor contacto ocular y menor irritabilidad. Un seguimiento posterior confirmó que estos efectos se mantenían dos años después (Kang et al., 2020).

En la misma línea, algunos estudios controlados han evaluado cepas probióticas específicas. Por ejemplo, Liu et al. (2019) analizaron el efecto del Lactobacillus plantarum PS128 en niños con TEA y encontraron una reducción de conductas disruptivas, ansiedad y síntomas de hiperactividad.

¿Causa o consecuencia?

Una de las grandes preguntas sin respuesta definitiva es si estas alteraciones en la microbiota son una causa que contribuye a la aparición del autismo o más bien una consecuencia de las particularidades del TEA, como la selectividad alimentaria, los hábitos repetitivos o la exposición más frecuente a antibióticos debido a infecciones recurrentes.

La mayoría de revisiones actuales, como la de Critchfield et al. (2024), insisten en que la evidencia aún es insuficiente para afirmar una relación causal directa. Aunque los resultados preliminares apoyan la idea de que mejorar el equilibrio intestinal puede tener un efecto positivo complementario, esto no sustituye ni reemplaza ninguna intervención terapéutica principal.

Recomendaciones para las familias

En la práctica clínica, muchos padres se preguntan qué pueden hacer para favorecer una microbiota saludable. Aunque cada caso debe valorarse de forma individual, existen pautas generales basadas en la evidencia actual:

  • Fomentar una alimentación rica en fibra, frutas, verduras y alimentos fermentados.
  • Restringir el uso de antibióticos a situaciones estrictamente necesarias, siguiendo siempre las indicaciones médicas.
  • Evitar suplementos probióticos sin asesoramiento profesional. No todos los probióticos tienen el mismo efecto ni están indicados en todos los casos.
  • Comunicar al pediatra o equipo terapéutico cualquier síntoma digestivo recurrente, como estreñimiento persistente o molestias abdominales.

La relación entre microbiota y autismo es un campo de estudio prometedor, que refuerza la idea de que la salud del intestino y el cerebro están profundamente conectados. Sin embargo, aún quedan preguntas por responder y mucha investigación por hacer para traducir estos hallazgos en tratamientos seguros y efectivos.

En e-TherapyKids creemos que la microbiota es una pieza más dentro de un enfoque integral, BPS Connect, que conecta lo biológico, lo psicológico y lo social. Por eso, valoramos cada caso de forma personalizada, siempre con rigor científico y de la mano de un equipo interdisciplinar.

Si quieres saber más sobre cómo podemos ayudarte a entender mejor la salud de tu hijo y su entorno, contáctanos. Estamos aquí para acompañarte.

Referencias

Critchfield, J. W., et al. (2024). Microbiome modulation in ASD: Where are we now? Autism Research, 17(1), 12–25.
Kang, D. W., et al. (2019). Microbiota Transfer Therapy alters gut ecosystem and improves gastrointestinal and autism symptoms: An open-label study. Microbiome, 7(1), 10.
Kang, D. W., et al. (2020). Long-term benefit of Microbiota Transfer Therapy on autism symptoms and gut microbiota. Scientific Reports, 9(1), 5821.
Li, Q., Han, Y., Dy, A. B. C., & Hagerman, R. J. (2024). The gut microbiota and autism spectrum disorders. Frontiers in Cellular Neuroscience, 18, 100895.
Liu, Y. W., et al. (2019). Effect of Lactobacillus plantarum PS128 on children with autism spectrum disorder: A randomized, double-blind, placebo-controlled trial. Nutrients, 11(4), 820.
Mayer, E. A., Knight, R., Mazmanian, S. K., Cryan, J. F., & Tillisch, K. (2015). Gut microbes and the brain: Paradigm shift in neuroscience. The Journal of Neuroscience, 35(21), 1385–1395.
Sordillo, J. E., et al. (2023). A distinct microbiome signature identifies children with autism spectrum disorder. Scientific Reports, 13, 50601.
Sharon, G., et al. (2019). The central nervous system and the gut microbiome. Cell, 176(6), 1146–1161.